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Francisco Sosa Wagner,
presentado por Nicolás
Redondo Terreros (ex-secretario
general del PSE-PSOE) en
la Fundación para
la Libertad, durante la
conferencia que sobre “Federalismo
y nacionalismo. La reforma
estatutaria” pronunció
el catedrático leonés
en Bilbao en enero de 2006.
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Entrevista
a Fernando Sosa Wagner
Catedrático
de Derecho Constitucional y autor del libro:
«El Estado fragmentado. Imperio Austro-húngaro
y brotes de naciones en España»
«Si
España no se rompe, al menos el Estado
se fragmenta»
“Si
España no se rompe, el Estado se fragmenta”.
El diagnóstico de Fernando Sosa Wagner,
catedrático de derecho constitucional
vinculado al PSOE, sintetiza acertadamente
la política territorial de Zapatero.
Las reformas estatarias, la fragmentación
de la justicia o la hacienda pública,
no constituyen un cuchillo balcánico,
pero sí un virus disgregador que helvetiza
el país, cantonalizándolo y vaciando
progresivamente el poder central. Todos los
hechos apuntan, no hacia un nuevo paso en la
descentralización autonómica,
sino hacia la ruptura del modelo territorial
gestado en la transición, para alumbrar
otro basado en la confederalidad de voraces
poderes taifales.
¿Por
qué hay que destrozar un modelo que
ha conjugado, al margen de errores y excesos,
pluralidad y unidad? ¿Quién sale
beneficiado de ello? ¿Cómo va
a afectar a nuestra vida diaria?
¿España
como Suiza?
La
balcanización como imagen de la disgregación
de España ha sido ampliamente utilizada
en el debate político. Pero en España,
donde existen sólidos lazos comunes
forjados a través de siglos, la aplicación
de la fórmula balcánica exigía
demasiadas dosis de violencia. Las dificultades
de la vía del nazifascismo vasco hacia
la disgregación, plasmada en el batacazo
del plan Ibarretxe o en la retirada a un segundo
plano de Arzallus, son ejemplos de que España
no podía ser Yugoslavia. Por eso la
insistencia de los círculos políticos
y mediáticos del PP en que “España
se rompe” -identificándolo con
una ruptura total y forzada- son fácilmente
desmontados por sus oponentes.
¿Quiere
esto decir que no pasa nada, que la unidad
no está en peligro ni amenazada? No.
Simplemente la imagen no es la adecuada. No
pensemos en la fórmula balcánica
–una fragmentación abierta y total
necesariamente impuesta de forma violenta-
sino en la fórmula suiza, es decir una
disgregación progresiva, dialogada,
que avanza sin prisa pero sin pausa, hasta
terminar helvetizados. Suiza es la imagen de
un país confederal, donde las diferentes
partes –20 cantones y seis subcantones-
mantienen una relación confederal. Donde
la autoridad está fragmentada en los
diferentes cantones, y el Estado central es
una mera superestructura nominal vaciada de
autoridad. Pensemos en un gobierno central
donde su presidente es un mero representante
del consenso cantonal y que rota cada año.
¿Realmente
nos dirigimos hacia esta organización
territorial tan alejada del modelo autonómico?
La vía de la reforma estatutaria –que
a pesar de encontrarse con dificultades en
su camino, avanza progresiva e inflexiblemente-
nos depara sorpresas como la bilateralidad
en la relación entre las comunidades
y el Estado central, equiparados como entes
iguales que deben negociarlo prácticamente
todo. La fragmentación de instituciones
del Estado tan importantes como la hacienda
pública, es decir los recursos –dividida
en 17 agencias tributarias-, o la justicia
–donde se aspira a que la máxima
instancia judicial sea el Tribunal Supremo
de cada comunidad. Algunas comunidades, como
Cataluña o Euskadi, aspiran a participar
incluso en competencias exclusivas del Estado
como la política exterior. Si a esto
le sumamos el poder que sobre competencias
como sanidad, educación… tienen
ya las comunidades… ¿no caminamos
hacia un Estado central que fragmenta su autoridad
entre 17 poderes paraestatales?
La
ruptura del modelo de Estado
La
deriva abierta por las reformas estatutarias
no es, como se viene diciendo, un paso más
en el proceso descentralizador contemplado
por la constitución. Hay veces que se
produce un salto cualitativo que cambia el
carácter de las cosas. Personajes tan
poco sospechosos de connivencia con el PP como
Sosa Wagner, catedrático vinculado al
PSOE que participó en los gobiernos
de Felipe González, advierten de que
estamos ante la ruptura del modelo territorial
surgido de la transición. Los límites
del modelo autonómico se han roto, y
caminamos hacia un modelo confederal donde
la autoridad de las partes es máxima
y la del todo, el poder central, mínima.
Cuando
Zapatero era todavía candidato anunció
su pretensión de imponer 17 agencias
tributarias, 17 instancias judiciales supremas…
Todo un proyecto de troceamiento de los aparatos
estatales que cristalizan la unidad. Una vez
en el gobierno ha impulsado este plan bajo
las reformas de los estatutos. Un camino al
que se han sumado las castas burocráticas
locales, tanto del PSOE como del PP, deseosas
de aprovechar la oportunidad para ampliar su
poder taifal. Y nos hemos encontrado no con
un nuevo estatuto catalán, sino con
otro valenciano, andaluz, canario… y
una sorprendente realidad nacional andaluza.
Este cambio en el modelo territorial viene
necesariamente acompañado de un cambio
en el modelo de Estado y en el mismo régimen
político. La constitución tiene
que ser violentada, las instituciones básicas
del Estado troceadas, el consenso político
dinamitado… Avanzando hacia un país
vaciado de autoridad por arriba y ensimismado
en conflictos cantonales por abajo. Y sólo
hace falta contemplar las disputas entre comunidades
intentando apropiarse para sí en exclusiva
las cuencas de los ríos.
¿Pero
a quién le interesa?
¿Pero
quién esta interesado en debilitar el
Estado central y parcelar el poder? ¿Es
acaso progresista, como algunos afirman? ¿Cómo
nos afectaría al pueblo trabajador?
Es evidente que vaciar de poder al Estado central
interesa a los Ibarretxe o Carod Rovira. Pero
ellos no tienen la capacidad para decidir el
rumbo del país. Quien sí puede
hacerlo es el sector dominante en la oligarquía
española, capitaneado por Botín.
Toda vez que ha abandonado cualquier pretensión
de tener una voz política independiente
en el mundo, para lo que hace falta un Estado
fuerte, la existencia de un ejecutivo central
débil sobre el que se puede imponer
un diktat exclusivo es un horizonte deseable.
Al mismo tiempo, las castas burocráticas
locales, gestadas al calor del poder y presupuesto
autonómico, y que sólo pueden
engordar adelgazando al poder central, están
encantadas con el debilitamiento de su adversario.
Ellos
salen ganando, ¿pero y el pueblo y el
país? Caso de consumarse la amenaza,
el grado de control y expolio sobre nuestras
vidas de la oligarquía española
se multiplicaría. Y la voracidad insaciable
de las burguesías locales tendrían
campo abierto. Un país cuyo poder
central ha sido vaciado de contenido tendría
nulas posibilidades de elevar una voz propia
en el mundo contra los desmanes imperiales.
Y su debilidad le colocaría a merced
de las maniobras de las potencias extranjeras.
¿Cómo vamos a estar interesados
el pueblo en una cantonalización de
la que sólo salen ganando los poderosos?
¿Cómo puede alguien pretender
que esto es progresista?
Entrevista
a Fernando Sosa Wagner en el periódico
"De Verdad":
“Trocear
España en 17 espacios implica un debilitamiento
del poder político frente a los grandes
conglomerados económicos que dominan
el mundo”
Francisco
Sosa Wagner, catedrático de la Universidad
de León, uno de los mayores expertos
españoles en Derecho Administrativo
y miembro del tribunal que concedió
a Rodríguez Zapatero un sobresaliente
“cum laude” por su tesis de final
de carrera, acaba de publicar un libro (“El
Estado fragmentado. Imperio Austro-húngaro
y brotes de naciones en España”)
en el que se manifiesta encendidamente contrario
al proyecto de reformas estatutarias emprendido
por el actual presidente de Gobierno.
Relativamente
desconocido para el gran público, Sosa
Wagner posee sin embargo una dilatada trayectoria
intelectual y política. Fue miembro
de la Comisión de Expertos, presidida
por García de Enterría, en cuyas
conclusiones se basaron los “padres”
de la Constitución para diseñar
el modelo autonómico. Tras la victoria
del PSOE en 1982, ocupó durante más
de 4 años la secretaría general
técnica del Ministerio de Administraciones
Públicas, desde donde impulsó
la reforma del régimen local. Previamente
había sido Secretario General de la
Universidad de Oviedo, y años después
fue elegido Decano de la Facultad de Derecho
de León. Con él mantuvimos la
siguiente entrevista, cuyo contenido íntegro
podrá leerse en el próximo número
de nuestra revista Chispas.
De
Verdad.- Para situar a nuestros lectores, ¿en
qué consiste la fragmentación
del Estado que usted denuncia en su último
libro?
Francisco
Sosa Wagner.- Yo hago un estudio detenido de
lo que son las reformas estatutarias y la instauración
de una serie de elementos, como son las relaciones
de bilateralidad entre el Estado y las comunidades
autónomas, que proyectan una imagen
de fragmentación del Estado. Fragmentación
incompatible con el modelo de Estado federal
que es el que siempre se ha defendido y que
es, incluso, el que estaba en la mente de los
redactores de la Constitución.
DV.-
¿Dónde reside esa incompatibilidad?
F.S.W.-
Un modelo federal se basa en la acción
conjunta del todo con las partes y de las partes
con el todo, pero no en una acción bilateral
de cada una de las partes con el todo. Eso
no es propio de un régimen federal.
Y luego hay también cosas más
ostensibles, como por ejemplo las guerras del
agua que tiene enfrentadas a las comunidades
autónomas incluso del mismo signo político.
Todo esto son ejemplos y elementos que están
demostrando esta fragmentación. Que,
insisto, no tienen nada que ver con un modelo
federal.
DV.-
Y, en concreto, ¿qué estructuras
político-administrativas ve usted que
corren peligro con la reforma de los estatutos?
F.S.W.-
Lo más importante es que de seguir así,
el Estado no va a tener competencias para hacer
políticas de largo alcance, esa es la
situación. El Gobierno cada vez puede
hacer menos cosas; en la sanidad, en la política
hidráulica, en la ley de dependencia,...
y así en todas las cosas.
DV.-
¿Y por qué han decidido estudiar
un modelo, el Imperio Austro-húngaro,
con el que, en principio, no tenemos nada que
ver?
F.S.W.-
Porque allí es donde nacen conceptos
como el de “nación de naciones”,
el Estado multicultural y todo eso de lo que
se habla tanto hoy aquí. Y sobre todo
nace allí el dualismo, la monarquía
austro-húngara se llamó la monarquía
dual. ¿Y por qué dual? Porque
en un momento de debilidad política
del emperador, pactó con los húngaros
un compromiso. El compromiso consistía
en que en Hungría, las clases poderosas
iban a hacer lo que les diera la gana, se puso
en sus manos todos los instrumentos del poder
jurídico-político –sumado
al poder económico que ya tenían–
para hacer lo que quisieran. Y lo hicieron.
Eso unido a todos los líos lingüísticos
provocó el agarrotamiento del Imperio.
Y aunque, repito, nosotros no tenemos nada
que ver con aquello, como nos empeñemos,
insistiendo en lo que nos separa y no en lo
que nos une, en crear falsos problemas lingüísticos;
como nos engolfemos en mirarnos el ombligo
y en descubrir unas diferencias tremendas entre
el valenciano, el gallego y el señor
de Cáceres terminaremos reproduciendo
el grandísimo embrollo en que acabó
convertido el Imperio austro-húngaro.
Esa es la razón de haber estudiado este
modelo.
DV.-
Existe, sin embargo, un problema al que todavía
no se le ha prestado, a mi juicio, suficiente
atención. Y es el problema de qué
intereses materiales hay debajo de todo esto.
Me explico. La existencia de burguesías
periféricas que históricamente
han apoyado fuerzas nacionalistas en Cataluña,
el País Vasco o Galicia podían
explicar, aunque no del todo satisfactoriamente,
lo que ocurre allí. Pero, ¿y
lo de Andalucía, y lo de Baleares, y
lo de la Comunidad Valenciana?
F.S.W.-
Si, efectivamente. Yo creo que la razón
de esto es que el Estado de las autonomías,
en sus 25 años de existencia ha creado
unas clases políticas regionales muy,
muy poderosas, como consecuencia de la transferencia
de poder político que se ha puesto en
sus manos. Y esas clases políticas regionales,
cada vez demandan más poder. Pero esto
tiene que tener un límite, que es no
arruinar el poder político del Estado.
Porque entonces el Estado se queda sin competencias
para acometer proyectos y medidas de largo
alcance que afecten a todo el territorio español.
Un territorio, además, que es bastante
pequeño. Estamos hablando de 43 ó
44 millones de personas nada más. Entonces,
trocear esto en 17 espacios tiene unas complicaciones
enormes e implica un debilitamiento del poder
político frente a los grandes conglomerados
económicos que dominan, no digo ya España,
sino el mundo.
DV.-
Coincidimos plenamente con su análisis.
Es lo que nosotros venimos llamando desde hace
años la emergencia de unas burguesías
burocrático-administrativas regionales
que han pasado de ser exclusivamente castas
políticas a trasladar su poder al ámbito
económico, cultural, mediático,
etc, etc, que por su propia naturaleza sólo
pueden medrar a costa de arrebatar nuevas competencias
al Estado y blindarse frente a él.
R.S.W.-
Exacto, está muy bien dicho esto y está
muy bien resumido, si señor. Ese es
el final de la película al que quieren
llevarnos con todo esto. El fraccionamiento
del Estado hoy en día no lo defienden
más que los grandes grupos económicos
privados que dominan el mundo. ¿Qué
es lo que quieren tener enfrente? Administraciones
“bonsáis”, poderes públicos
diminutos, cuanto más diminutos mejor
para llevarlos al huerto de sus intereses.
Y de ahí que nosotros defendamos unos
Estados fuertes, una regiones ciertamente fuertes,
no unas regiones hechas a la medida de los
intereses políticos de las clases gobernantes.
DV.-
¿A usted no le sorprende las reiteradas
muestras de apoyo público que Botín,
el principal banquero del país, está
dando a Zapatero? Porque, claro, con esos apoyos
públicos no sólo está
respaldando una determinada política
económica, sino también el proyecto
confederal que está impulsando el presidente
del Gobierno.
F.S.W.-
Sí, lo que pasa es que al hablar del
poder económico hay que matizar. Está
el caso de Botín, sí. Pero el
poder financiero es una cosa y el poder industrial
es otra. Hay muchas voces que, en el ámbito
del poder económico, de magnates de
la gran empresa, están precisamente
asustados por el fraccionamiento del mercado,
que no interesa a buena parte de los empresarios.
Lo que pasa es que hay que decir que la política
tiene también su espacio autónomo
y esa autonomía está llevando
a esta situación. Al poder financiero,
constituido por los grandes bancos, les da
igual las comunidades autonómicas que
hagamos.
DV.-
Le voy a situar en un escenario hipotético.
Botín consigue devorar al BBVA y dar
el salto a convertirse en el cuarto banco del
mundo. ¿Qué es preferible para
este nuevo megapoder financiero, un Estado
centralizado, fuerte, que obliga a destinar
recursos para su mantenimiento y puede salir
respondón; o por el contrario un poder
débil, fragmentado, dividido en 17 trozos,
y esos 17 trozos dedicados únicamente
a pelearse por el agua del vecino?
F.S.W.-
Está clarísima la respuesta.
Yo así lo creo. Y a este festival se
han apuntado todos, la derecha y la izquierda.
DV.-
Dice usted que el proceso de fragmentación
del Estado ha adquirido un ritmo que ve imposible
de frenar, pero las dos reformas que se han
sometido hasta ahora a referéndum, han
sido aprobados con el rechazo o la indiferencia
de más del 65% de los ciudadanos. ¿No
es éste un punto de partida demasiado
débil para cualquier estructura o modelo
político que pretenda ser duradera?
F.S.W.-
Por supuesto, tiene una fragilidad absoluta.
Se está viendo cada vez más que
es un invento de la clase política.
Se ha visto en Cataluña, donde decían
que existía una gran tensión
nacional, y resulta que sólo un 33%
de la población lo apoya. En Andalucía,
todavía mucho peor, un 30% escaso, es
decir, aquella parte de la población
que depende, directa o indirectamente, del
sector público regional son los que
han respaldado el asunto. Esto revela esa fragilidad
enorme. Lo que pasa es que ojo con esta fragilidad.
Por que las estructuras se crean y se enroscan
en la sociedad y ahí quedan como superestructuras
políticas.
Entrevista
a Fernando Sosa Wagner en "Chispas":
“Cada Comunidad Autónoma se está
haciendo su propio estatuto con cláusulas
absurdas”
Que
la reforma de los estatutos es algo que provoca
la indiferencia y el rechazo pasivo de la inmensa
mayoría es algo que ha quedado fuera
de toda duda tras los resultados del referéndum
andaluz, que viene a corroborar lo ya dicho
por los votantes catalanes. Sin embargo, como
advierte en la entrevista Francisco Sosa Wagner
(cuya primera parte publicamos en el De Verdad
nš 5 de la segunda quincena de febrero), la
fragilidad en cuanto al apoyo social de los
estatutos no debe ocultar el peligro que encierra
su aplicación, dado que las estructuras
políticas –y las reformas administrativas
que las acompañan– una vez se
han puesto en marcha, son extremadamente difíciles
de echar atrás.
En
este sentido, tanto el nuevo estatuto catalán
como el andaluz (y los siguientes que se aproximan)
son cada uno de ellos un nuevo paso en la dirección
de un modelo confederal de Estado, marcado
por la bilateralidad de las relaciones entre
el Estado y cada una de las comunidades. Lo
que necesariamente implica una extrema debilidad
del poder político tanto frente a los
grandes poderes económicos nacionales
o internacionales como frente al poder, las
presiones y la injerencia de las potencias
más fuertes. Las cuales, por cierto,
independientemente que tengan una estructura
federal o unitaria se cuidan muy mucho de incrementar
y reforzar constantemente el poder centralizado
de sus Estados. En la entrevista, el profesor
Sosa Wagner, gran conocedor del modelo político
alemán, explica cómo incluso
los Estados verdaderamente federales, en el
momento que lo consideran perjudicial para
sus intereses, no dudan lo más mínimo
en recortar competencias a los estados federados
centralizándolas nuevamente y fortaleciendo
el poder del Estado federal. Justamente el
camino contrario del emprendido por el Gobierno
Zapatero con las reformas estatutarias.
Chispas.-
Uno de los argumentos que más frecuentemente
se escucha es que con las reformas estatutarias
vamos hacia un modelo de Estado federal, como
forma de acabar definitivamente con el problema
del “encaje” de las nacionalidades
históricas
Fernando
Sosa Wagner.- Las prácticas federales
que conozco –y las conozco bastante–
como es la de Alemania no tienen desde luego
nada que ver con lo que se está haciendo
aquí, allí no hay guerras por
los ríos entre los länder. Alemania,
además de tener un Estado central bien
fuerte, tiene también muchas conclusiones
sobre el modelo federal del que estamos hablando.
Ahora, por ejemplo, acaban de concluir una
reforma del modelo federal. ¿Y cómo
lo han hecho? Pues reuniéndose todos
los órganos federales y los órganos
federados y proyectar una reforma constitucional.
Y el final del camino ha sido alterar 12 ó
14 artículos de la Constitución.
Y hacerlo en todas direcciones, en unos casos
dando más competencias a los länder
y en otros reduciéndolos. Y reduciendo,
por ejemplo, el papel del Senado –del
que tanto se habla en España y que muchos
proponen como ejemplo de cámara de representación
territorial– al que se le han reducido
muchas de sus competencias.
Chispas.-
Sí porque han visto que sometía
al país a una parálisis política
nada conveniente.
F.S.W.-
Exacto, el Bundesrat había llevado a
lo que se llama en Alemania “el bloqueo
de la República”. A Kohl le bloquearon
los socialdemócratas en el Senado una
buena parte de su legislación y a Schröder
le hicieron otro tanto los democratacristianos,
lo que llevaba al país a un callejón
sin salida. Y eso es lo que se ha reformado
el verano pasado. ¿Y cómo se
ha reformado, a través de qué
sistema, que es lo que nos interesa a nosotros?
Pues a través de un procedimiento en
el que han estado todos juntos, diseñando
el todo con las partes y las partes con el
todo el cambio constitucional. Y no con ese
sistema absurdo con el que se está haciendo
aquí, en el que cada Comunidad Autónoma
se está haciendo su propio estatuto
con cláusulas absurdas, como esa llamada
“cláusula Camps” del Estatuto
valenciano que viene a decir “y todo
lo que se mueva por ahí también
me lo quedo yo”...
Chispas.-
¿Y cómo explicar que esto esté
ocurriendo no sólo en las llamadas nacionalidades
históricas, sino desde todas las regiones,
y además lo haga tanto la derecha como
la izquierda parlamentaria?
F.S.W.-
Por la existencia de unas clases políticas
regionales que se han hecho muy poderosas con
la continua transferencia de competencias.
En aquellas comunidades autónomas donde
existen partidos nacionalistas –algunos
de ellos con vocación secesionista,
pero no es necesario siquiera que tengan esta
vocación– eso ha pasado a formar
parte de la ideología nacionalista.
Pero es que incluso allí donde mandan
los partidos nacionales –PP o PSOE–
las clases políticas regionales de esos
partidos cada vez tienen más fuerza
frente a los propios dirigentes nacionales
de sus partidos. Se está produciendo,
por tanto, un paulatino fortalecimiento de
estas clases políticas regionales, unido
a dos factores muy importantes: por un lado
la bonanza económica continuada de la
que disfrutamos y que permite que cada vez
haya “más pastel” para repartir.
Y eso es lo que hace que las pretensiones de
estas clases políticas regionales tengan
su cauce de expresión y su acogida.
Por el otro, que los partidos nacionales se
están territorializando cada vez más.
Y no hay ningún modelo federal serio
que no se base en la alternancia entre dos
grandes partidos nacionales, con el apoyo o
no de otras fuerzas minoritarias, también
de ámbito nacional. Eso es lo que se
está quebrantando en España.
Chispas.-
Sin embargo no puede decirse que tengan mucho
éxito entre los votantes. Ahí
están los resultados de los referéndums.
F.S.W.-
Por supuesto, tiene una fragilidad absoluta.
Lo que pasa es que ojo con esta fragilidad.
Por que las estructuras se crean y se enroscan
en la sociedad y ahí quedan como superestructuras
políticas. Usted mire el ejemplo de
las provincias que creó Javier de Burgos
en 1833. Un experimento que en unos sitios
ha valido, en otros no, pero ahí están
esas estructuras y a ver quién las mueve.
DV.-
Usted que es un experto en Derecho público
y administrativo, ¿también aquello
fue un invento artificioso?
F.S.W.-
Sí, claro. Aquello fue también
una creación artificial destinada a
rectificar los espacios territoriales del Antiguo
Régimen, que todavía tenían
sus poderes señoriales y eclesiásticos,
etc. Entonces, la superación de la distribución
del poder territorial del Antiguo régimen,
obligó por un lado a crear los ocho
mil y pico municipios, que todavía existen,
allí donde existieran “mil almas”.
Claro, pero es que entonces de lo que se trataba
era de romper ese espacio territorial dominado
todavía por la nobleza, alta o baja,
y permitir el ascenso de la burguesía
a las palancas del poder. Y luego viene la
creación, entre el Estado y el municipio,
de las provincias. Creadas por los liberales
moderados con el fin de disponer de un cierto
control sobre los municipios, los procesos
electorales, el reparto de las contribuciones
y otras cargas que debían pagar los
vecinos. Y la provincia ejercía esa
función. ¿Ha tenido éxito?
Pues en unos sitios ha arraigado y en otros
no, pero el caso es que ahí está
y ahora a ver quién se atreve a desmontarlo.
Por eso digo que ojo con las estructuras políticas
que estamos creando ahora, con las reformas
administrativas que acompañan a esas
nuevas estructuras, porque echar marcha atrás
o rectificar la historia luego es muy, muy
complicado. Es igual que el río, no
tiene marcha atrás.
A.
Lozano
[Quiero
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