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"La
Tercera" ABC 6-6-2007
¿Se
ha equivocado ETA?
Por
MIKEL BUESA, Catedrático de la Universidad
Complutense de Madrid
El anuncio de la definitiva ruptura del «alto
el fuego» por parte de ETA constituye
un acontecimiento que, no por esperado, es
menos grave. Grave porque, sin duda, eleva
el nivel de riesgo que muchos ciudadanos comprometidos
con la defensa de la libertad, asumen al oponerse
a las pretensiones de la organización
terrorista. Grave también porque coloca
al conjunto de la sociedad española,
una vez más, ante la perspectiva de
un sufrimiento prolongado y de una zozobra
que altera el normal desenvolvimiento del acontecer
político. Y grave asimismo porque expresa
con nitidez el fracaso obtenido por el actual
Gobierno después de tres años
de condescendencia con los terroristas y de
negociación con ellos en la búsqueda
de una «paz» de perfiles difusos,
basada en presupuestos difícilmente
compatibles con el sistema constitucional.
Para
valorar este acontecimiento creo que es pertinente
situarse en el balance cosechado por ETA en
el curso de la legislatura presidida por Rodríguez
Zapatero. Recuérdese que la banda terrorista
entró en ella virtualmente derrotada,
incapaz de cometer atentados con resultado
de muerte -a pesar de haberlo intentado en
múltiples ocasiones, según mostró,
con su habitual rigor, Rogelio Alonso desde
estas mismas páginas- y completamente
apartada de las instituciones políticas,
al haber sido ilegalizada Batasuna, lo que
la dejaba sin una base territorial para organizar
su violencia y sin capacidad económica
para financiarla. Hoy, al cerrar su periplo
negociador con el Gobierno, se encuentra con
una capacidad renovada para cometer atentados
y actos intimidatorios, fruto de su reforzamiento
logístico tras la realización
de múltiples robos de armas, explosivos,
vehículos y otros materiales en Francia,
como lo demuestran el atentado cometido en
Barajas y las más de quinientas acciones
de terrorismo callejero ejecutadas desde la
declaración del «alto el fuego».
Cuenta también con más recursos
económicos, resultado de la nunca abandonada
actividad de extorsión a los empresarios
del País Vasco y Navarra -que en las
nueve oleadas de cartas amenazadoras enviadas
desde hace un año, puede haber producido
un rendimiento superior al millón y
medio de euros-, de los generosos sueldos y
subvenciones obtenidos por el PCTV en el Parlamento
de Vitoria -cuyo rédito supera el millón
de euros anual- y de las que están por
venir tras las candidaturas de ANV en las elecciones
municipales -que, de manera inmediata, van
a suponer la percepción de algo más
de 213.000 euros-. ETA ha adquirido además
su reconocimiento como interlocutor político
del Estado español con el aval, no sólo
del Gobierno, sino también del Parlamento
Europeo, gracias este último a una insensata
iniciativa del grupo socialista. Y, en fin,
se coloca a partir de ahora en un buen número
de ayuntamientos vascos y navarros, en veinticinco
de los cuales va a gobernar con mayoría
absoluta, manejando un presupuesto del orden
de los 54 millones de euros anuales.
En
resumen, ETA se encuentra en este momento en
una posición fortalecida, sin duda propiciada
por la tolerancia con la que le ha tratado
el presidente Rodríguez Zapatero. Éste,
sin embargo, pagado de sí mismo y cegado
por un autismo inquietante, ha sido incapaz
de reconocer en esa posición las consecuencias
de los graves errores políticos en los
que ha incurrido. Su intervención ante
los españoles a las pocas horas del
anuncio de la organización terrorista,
no puede ser más decepcionante. Para
el presidente, lo único relevante es
que «ETA vuelve a equivocarse»,
como si el retorno a la lucha violenta fuera
un error en sí mismo, una abstracción
al margen de cualquier consideración
de la situación política concreta
y de la postura del Gobierno ante ella. ¿Se
ha equivocado ETA? ¿No será que
más bien valora que, una vez robustecida,
para la consecución de sus objetivos
políticos -independencia, territorialidad,
amnistía- es ahora mejor reemprender
la realización de atentados? ¿Es
que no ha tenido indicios suficientes como
para llegar al convencimiento de que, con una
dosis adicional de violencia, podrá
doblegar definitivamente a un Estado que le
implora, por períodos cada vez más
cortos, que aplace su violencia?
La
intervención de Rodríguez Zapatero
ha sido un verdadero fiasco. Reclama un «respaldo
unánime» de los grupos políticos,
pero no alude a la política concreta
para la que pide ese apoyo. De nuevo lo suyo
son las generalidades de significado difuso:
la «estricta aplicación del estado
de derecho», la «eficacia»
policial, la «cooperación internacional».
Obsérvese que para nada alude a la solidaridad
con las víctimas del terrorismo y a
su corolario de movilización de la sociedad
civil frente a ETA. Y obsérvese también
que aquellas abstracciones se han acompañado
de la constitucionalmente imposible afirmación
de que «el futuro de los vascos depende
y dependerá de ellos mismos»,
como si le estuviera diciendo a ETA que aún
queda recorrido negociador para llegar a la
autodeterminación.
El
presidente del Gobierno se ha movido una vez
más en el terreno de la ambigüedad.
No ha hecho propuestas concretas con respecto
a los asuntos inmediatos que forman parte de
la agenda de la lucha contra el terrorismo:
la suspensión penal de las actividades
de ANV y del PCTV, así como la iniciativa
de su ilegalización; la reintegración
de De Juana Chaos a la prisión en la
que la ley ordena que acabe de cumplir íntegramente
su última condena; la reconducción
de la fiscalía hacia una actitud beligerante
contra el terrorismo en casos como los de Otegui,
la mesa nacional de Batasuna o Egunkaria; el
definitivo esclarecimiento de las filtraciones
policiales hacia ETA en el caso de las redes
de extorsión; la aplicación de
la ley de bloqueo de la financiación
del terrorismo a las Administraciones vascas
que aprueban partidas presupuestarias destinadas
a aliviar la situación económica
de las organizaciones aledañas de ETA;
o la exigencia al Gobierno Vasco para que la
Ertzaintza ejerza de manera efectiva sus competencias
en materia antiterrorista.
Es
cierto que, si se quiere derrotar a ETA, la
reconstrucción de la unidad democrática
frente al terrorismo, con la aportación
esencial de los partidos socialista y popular,
es impostergable. Pero, para ello, resulta
imprescindible retomar donde se dejó
el Pacto por las Libertades, con su determinación
de no dar respiro a quienes ejercen la violencia
política y de no dejar el más
mínimo resquicio a la contaminación
nacionalista del discurso antiterrorista. Y
es también ineludible su especificación
en aspectos concretos de la actuación
de ETA como los antes aludidos. Rodríguez
Zapatero ha sido incapaz de restablecer lo
que él mismo arrumbó con su delirio
pacificador y no da ahora muestras de querer
hacerlo en los días o semanas próximos,
pues en el fondo no acepta que su política
de negociación carece ya de recorrido.
En estas circunstancias, tal vez la única
salida sensata sea disolver las Cortes y apelar
a los ciudadanos para que sean éstos
los que, de manera inequívoca, señalen
su camino preferible: la cesión a ETA
en su exigencia de «un proceso de liberación
cuyo fin será un Estado independiente
denominado Euskal Herria» -según
señala en su último comunicado-
o la definitiva derrota de esta organización
terrorista.
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