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ABC
6-6-2007
Las
condiciones del pacto
Por Jon Juaristi
El Partido Popular está moralmente obligado
a proponer la restauración del pacto
antiterrorista, pero no le conviene en absoluto
hacerlo. Nada hay que permita prever un cambio
en la política del Gobierno -o sea,
en su carencia de política- frente a
ETA, y no reportaría beneficio alguno
al principal partido de la oposición
secundar la previsible actividad errática
de aquél en lo que quede hasta las elecciones
generales, ni mucho menos comprometerse a renunciar
a toda crítica de la misma.
Rajoy
está en una posición difícil
que exige un colosal esfuerzo de imaginación.
No debe dejarse arrastrar al abismo. Su compromiso
con la nación e incluso su compromiso
con el electorado popular, que ha tragado demasiada
bilis durante toda esta legislatura, es más
importante que cualquier compromiso con Rodríguez,
que ha demostrado con creces ser un personaje
indigno de la mínima confianza, un inepto
y un traidor compulsivo a todo acuerdo que
haya podido suscribir con la derecha. Pactar,
sí, pero sin pillarse los dedos. El
nuevo acuerdo, si es que llega a haber alguno,
tiene que dejar al PP la libertad de ejercer
la crítica pública de los errores
gubernamentales. Toda vez que esta desgracia
de gabinete ministerial insiste en asumir la
dirección de la lucha antiterrorista
(lo que evidentemente le corresponde en el
caso de no dimitir en bloque, que es lo que
los políticos decentes habrían
hecho a estas alturas), la oposición
no debe corresponsabilizarse de su fracaso.
Entre la situación óptima e imposible
(dimisión del Gobierno y convocatoria
inmediata de elecciones) y la pésima
(reanudación de una trayectoria de dislates
y claudicaciones con la oposición aherrojada
por el pacto antiterrorista) existe un término
medio, más o menos razonable, que el
PP debe intentar definir. Una posición
que permita apoyar las improbables medidas
sensatas del ejecutivo -resignándose
a que los eventuales éxitos de éstas,
si se producen, sean rentabilizados en exclusiva
por el PSOE- y censurar las iniciativas desatinadas.
Se me dirá que para tal viaje no se
necesitan alforjas, que no hace falta editar
de nuevo el pacto antiterrorista. Y, efectivamente,
es lo que pienso. Creo que le iría mucho
mejor al PP si no modificase en lo más
mínimo su actual relación con
el partido del Gobierno, del que sólo
cabe esperar más deslealtad. Con gente
sin principios todo acuerdo es suicida.
Pero Rajoy ha alimentado la ficción
de que se puede volver al pacto antiterrorista,
una ficción que ha sido el fundamento
de su crítica al repugnante «proceso
de paz», a lo largo del cual se ha humillado
a las víctimas, se ha cedido al chantaje
de los pistoleros -hablo del inmundo caso De
Juana, por supuesto-, se ha machacado a las
plataformas cívicas, se ha perseguido
al PP (incluso policialmente), se ha abandonado
a su suerte a los constitucionalistas en el
País Vasco y Navarra hasta el punto
de provocar la defección electoral de
los más tibios y se ha puesto a la sociedad
española al borde del conflicto civil.
La insistencia del PP en la necesidad de relanzar
el pacto no ha sido torpe ni ingenua: no tenía
otra salida, y tal actitud -que nadie sino
un cretino o un sinvergüenza podría
calificar ahora de irresponsable- lo compromete
a mantener la oferta, aunque a algunos no nos
guste. Ahora bien, la consecución de
un nuevo acuerdo por las libertades y contra
el terrorismo (que no sería estrictamente
una mera restauración del anterior,
ya que Rodríguez lo destruyó
sin coste alguno) exigiría, por parte
de Rajoy, la imposición al Gobierno
de unas condiciones mínimas, todas igualmente
necesarias, sin las cuales no merecería
la pena entrar siquiera en los prolegómenos.
A mi juicio, ninguna de las condiciones siguientes
podría faltar del consenso previo:
En primer lugar, el carácter bilateral
del compromiso, excluyendo cualquier concesión
a ese multilateralismo tan caro a Rodríguez,
que ha hecho de él la principal estrategia
de exclusión del PP. A éste le
asiste el derecho a prescindir, a efectos del
posible pacto, de todos los acólitos
nacionalistas e izquierdistas del ejecutivo.
En principio, el pacto podría dejarse
abierto a otras adhesiones, pero éstas
no son esenciales ni Rajoy debe perder un minuto
de su tiempo buscándolas. Sería
un desperdicio de energía entablar cualquier
discusión sobre el particular. Si algo
ha dejado claro la presente legislatura es
que los pequeños partidos representan
lo más patológico de la democracia.
La ilegalización inmediata de ANV, con
la anulación de sus listas de concejales,
se ha convertido no ya en una condición
política de cualquier acuerdo con el
Gobierno, sino en un requisito indispensable
de la lucha contra una banda que se ha declarado
dispuesta a seguir matando. Urge la aplicación
estricta de la Ley de Partidos cuando la propia
ETA ha dado ya pruebas suficientes de que ANV
es el movimiento de apoyo político a
la red terrorista. La siguiente condición
se deriva inmediatamente de ésta: cualquier
acuerdo de gobierno entre los socialistas y
Nafarroa Bai en Navarra es incompatible con
el espíritu de un pacto antiterrorista,
no porque los nacionalistas de esta última
formación sean sospechosos de connivencia
con ETA, sino por su apoyo a la legalización
de ANV o de Batasuna, que viene a ser lo mismo.
No puede admitirse ninguna alianza que menoscabe
el arma jurídica fundamental de la lucha
antiterrorista; es decir, la mencionada Ley
de Partidos.
Aunque sea lo más difícil de
obtener -y de garantizar-, el PP debe exigir
del PSOE el compromiso público de no
acudir a las elecciones con un nuevo proyecto
de «proceso de paz». Las declaraciones
de Rodríguez acerca de la «firmeza,
unidad e inteligencia» que, según
él, deben presidir este período
final de la legislatura hacen temer lo peor.
En particular, su personal glosa a la «inteligencia»
refiriéndola a la imaginación
para «luchar por la paz». Ya sabemos
lo que entiende Rodríguez por ello,
y lo malo no es que lo sepamos nosotros, sino
que también lo sabe ETA, que por eso
y no por otra cosa ha vuelto a las andadas
ante la inminencia de unas elecciones generales.
O se consigue del presidente del Gobierno la
promesa firme y formal de que va a renunciar
a proponer más atajos disparatados durante
la campaña electoral o mejor sería
que siguiésemos como estábamos
hasta ahora. Conociendo el paño, me
temo que es lo que Rajoy tiene más difícil.
En cualquier caso, si se lograra, el PP debería
reservarse el derecho de denunciar los incumplimientos
del pacto, sin ponerse mordazas ni amedrentarse
ante la demagogia del escándalo practicada
por los portavoces del PSOE, Gobierno y grupo
parlamentario socialista.
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