|
¿QUIERES
ASOCIARTE A LA PLATAFORMA
"NO ES CIERTO"?
Rellena y envíanos
el siguiente [formulario]
|
|
Foro
Ermua
Por
Mikel Buesa, Catedrático de la
Universidad Complutense de Madrid
| |
 |
| |
Mikel Buesa, Presidente del
Foro Ermua y Catedrático
de Economía de la Universidad
Coplutense de Madrid
|
La
fortaleza del «Espíritu de Ermua»
Las
del secuestro y asesinato de Miguel Ángel
Blanco fueron jornadas que conmovieron a la
inmensa mayoría de los españoles.
En Ermua, en el País Vasco y en todos
los demás rincones de España,
por fin, una masa humana, ajena a cualquier
consigna partidaria, expresó su voluntad
de rechazo a ETA y a su proyecto totalitario
nacionalista. Fue entonces cuando los ciudadanos
tomamos la palabra y la calle para exigir al
Gobierno y a los actores políticos un
decidido propósito de derrotar a la
organización terrorista sin entrar en
juegos negociadores ni en sutilezas semánticas.
Habíamos
descubierto el verdadero rostro de ETA, la
genuina naturaleza de su violencia política
y su ilimitada capacidad para ejercer el mal.
Y sabíamos que eran capaces de tomar
la vida de una persona inocente -porque Miguel
Ángel era ante todo inocente- para intentar
doblegar nuestra voluntad de ser libres y de
hacer de la libertad la guía fundamental
de nuestro sistema político. Por eso,
no le dijimos al presidente Aznar que cediera
al ultimátum etarra acercando a los
presos a Euskadi, sino que le exigimos que
se mantuviera firme; y reclamamos que Miguel
Ángel volviera sano y salvo con nosotros.
Para la historia de la infamia
Miguel Ángel Blanco fue abatido a las
cuatro de la tarde de aquel doce de julio de
hace diez años, y abandonado moribundo
en un monte cercano a Lasarte. Llevaba las
manos atadas y había llorado por su
vida durante muchas horas sin que ello conmoviera
lo más mínimo a sus asesinos.
Los nombres de éstos -Gallastegui, García
Gaztelu, Geresta- quedarán para siempre
inscritos en la historia de la infamia; y no
deberán ser olvidados nunca, pues la
memoria de su barbarie sigue apelando a nuestra
conciencia para decirnos que existen límites
que, en la acción política, nunca
deben sobrepasarse, y que el crimen no es una
razón que deba atenderse para organizar
los asuntos públicos.
Los días de Ermua fueron de movilización
ciudadana. Nunca en España se había
conocido una participación tan intensa
en el deseo de ver liberada a una persona que,
hasta entonces, había sido anónima
para la mayoría de la sociedad. Viví
esos días en Madrid, en la Puerta del
Sol, con angustia, con el anhelo de la libertad
de Miguel Ángel, observando sobre todo
a aquellos jóvenes que eran capaces
de mantenerse en vigilia, como si vencer al
sueño fuera la manera de evitar la pesadilla.
De esa pesadilla, que no era sino la frustración
de una aspiración de libertad para un
hombre concreto -Miguel Ángel- y, con
él, para todos los hombres y mujeres
concretos, nació el que enseguida se
llamó «espíritu de Ermua».
Ha pasado una década desde entonces
y el sentimiento de aquel momento se ha serenado.
Hay quien dice, por ello, que del «espíritu
de Ermua» no queda ya casi nada; que
la sociedad española ya no es capaz
de reaccionar ante el terrorismo y que, por
tal motivo, contempla acontecimientos como
la negociación entre Rodríguez
Zapatero y ETA con indolente ostracismo.
Discuto esta tesis. Es más, creo que
ha sido sin duda el «espíritu
de Ermua» el que ha limitado seriamente
la capacidad del actual presidente del Gobierno
para hacer efectivas las expectativas que había
sembrado entre los terroristas, en años
de conversaciones con ellos, de manera que
no ha podido dar viabilidad a su eufemística
versión del reconocimiento del derecho
de autodeterminación, según el
cual «el futuro de los vascos depende
y dependerá de ellos mismos».
La fortaleza del «espíritu de
Ermua» puede apreciarse en las observaciones
sociológicas que han publicado distintos
medios. Las encuestas señalan, a este
respecto, que casi dos tercios de los españoles
vieron con buenos ojos que, en marzo de 2006,
se emprendiera una negociación con ETA,
bien entendido que ello sólo se haría
una vez que esta organización hubiera
hecho efectivo el abandono del terrorismo.
Un año más tarde, cuando había
quedado claro que esta condición no
se cumplía, tal apoyo se redujo drásticamente
a menos de la mitad de los ciudadanos.
Éstos, por otra parte, se habían
mostrado, ya después del verano pasado,
muy escépticos acerca de los resultados
de la negociación, de modo que más
del cincuenta por ciento no creían que
de ella se derivaría el final de ETA.
¿Cuál era la razón de
tal desconfianza? Pues sencillamente que, según
mostraban todos los indicios, el Gobierno se
había metido en un fregado que a una
mayoría de españoles, con independencia
de sus preferencias políticas, no le
gustaba nada.
En efecto, las encuestas habían reflejado
también los límites de la negociación
con terroristas. Y esos límites son
bien expresivos del sentimiento de solidaridad
de los ciudadanos con las víctimas del
terrorismo y de su firmeza política
frente a ETA; es decir, del «espíritu
de Ermua». Así, todos los sondeos
mostraban en 2006 que entre cinco y siete de
cada diez entrevistados rechazaban que se hablara
con los terroristas del derecho a la autodeterminación
o a la independencia del País Vasco,
así como del futuro de Navarra.
Actualmente, ese rechazo se sostiene con idéntica
fortaleza y se le añade también
el repudio a la participación de Batasuna
en la política cotidiana y en los procesos
electorales. Una proporción similar
de ciudadanos objetaba también que se
negociaran medidas de gracia con respecto a
los reclusos de la banda terrorista o que se
les acercara a Euskadi. Específicamente,
cuando empezó la tregua de ETA sólo
un cinco por ciento de los españoles
aceptaba que esos presos pudieran salir de
prisión, en tanto que el noventa por
ciento consideraba que debían seguir
cumpliendo sus condenas.
Cuestión de convicciones
Un año más tarde, las reacciones
al caso De Juana Chaos -con un rechazo de casi
dos tercios a la decisión del Gobierno
de trasladarlo a San Sebastián y una
opinión mayoritaria de que se había
cedido al chantaje del terrorista- muestran
el carácter inconmovible de estas convicciones.
Todos estos datos son expresivos de la voluntad
de los españoles de no rendirse ante
el terrorismo y de exigir la derrota de ETA.
Es la misma voluntad que emergió en
Ermua hace una década. Es la herencia
que dejó grabada en piedra la terrible
experiencia del secuestro y asesinato de Miguel
Ángel Blanco. Y ahí sigue, con
el mismo fondo, aunque ahora se exprese con
menor vehemencia. Sigue en el amplísimo
rechazo que suscita la política antiterrorista
del presidente Zapatero, en la exigencia de
que se vuelva al Pacto por las Libertades y
en la voluntad de hacer de la democracia una
barrera infranqueable para el terrorismo.
Por una reforma constitucional
POR MIKEL BUESA
18-7-2007 07:44:24
SI hubiera que hacer un balance de la política
gubernamental en el curso de la actual legislatura,
sin duda deberían destacarse dos elementos:
por una parte, la existencia de una retórica
impregnada del que Thomas Hobbes designaba
como «el discurso insignificante»,
es decir, de palabras carentes de sentido intencionadamente
orientadas a confundir a los ciudadanos mediante
el uso de un relato más bien indescifrable,
a la vez que brillante; y por otra, la adopción
de decisiones con pretensión de irreversibilidad,
las más de las veces apoyadas en cambios
legislativos, y orientadas a transformar el
marco institucional de las relaciones sociales.
Entre estas últimas, sin duda, las de
mayor relevancia son las que se han plasmado
en la reforma de los Estatutos de Autonomía,
bajo el paradigma que representa el de Cataluña,
con la pretensión fundamental de establecer
los fundamentos de una transformación
del Estado desde su actual configuración
nacional unitaria y políticamente descentralizada,
a otra de carácter plurinacional basada
en una estructura de orientación confederal.
Este cambio ha estado propiciado por las excepcionales
circunstancias que han concurrido en la legislatura
presidida por Rodríguez Zapatero, siendo
las de más relieve las que aluden a
un gobierno minoritario guiado por el oportunismo
y sustentado por un partido ideológicamente
débil que no ha sabido frenar sus iniciativas;
a unos apoyos parlamentarios de carácter
nacionalista concedidos principalmente a cambio
de que se establecieran las bases del vaciamiento
competencial del Estado; y a una idea más
bien ilusoria según la cual el proyecto
de cambio en la configuración factual
del Estado dejaría sin argumentos a
ETA y la abocaría al abandono del terrorismo.
Pero, más allá de la coyuntura
política, es también evidente
que aquellas decisiones han podido tener recorrido
como consecuencia del diseño mismo del
sistema político instituido con la Constitución
de 1978. Éste dejó indeterminado
el reparto del poder entre el Estado y las
Comunidades Autónomas al no cerrar la
distribución de competencias entre ambas
instancias políticas y al dejar abierta
la regulación de su financiación.
Además, en virtud de un sistema electoral
proporcional basado en las circunscripciones
provinciales, propició un excesivo poder
político de los partidos nacionalistas
al hacer de ellos un elemento ineludible para
la configuración de las mayorías
parlamentarias. Y, aunque previó una
potestad legislativa de armonización
para el Estado y le dotó a éste
de una capacidad de intervención ejecutiva
sobre los gobiernos autonómicos para
atajar el incumplimiento de sus obligaciones
legales, lo cierto es que tales competencias
no se han ejercido, aún cuando ha habido
ocasión para ello, redundando así
en un debilitamiento de la unidad constitucional
y del sentimiento de pertenencia nacional de
los españoles. No cabe duda, por tanto,
de que ese sistema contiene en su seno los
incentivos que, dependiendo de las circunstancias
electorales y del oportunismo de la minoría
mejor situada para gobernar, dan entrada de
un modo irrefrenable a los intereses nacionalistas
y, dado que éstos tienen un carácter
independentista, conducen a cuestionar sus
fundamentos, singularmente en los terrenos
del respeto a los derechos individuales -tal
es el caso del empleo del español como
lengua materna en el sistema educativo-, de
la solidaridad entre las regiones -al tratar
de quebrar el sistema común de financiación
de las Comunidades Autónomas- y de la
fortaleza del Estado basada en la unidad nacional
de España.
Este último aspecto puede parecer retórico,
aunque su realidad material puede palparse
en aquella parte del territorio en la que,
como pasa en amplias zonas del País
Vasco, la debilidad del Estado es manifiesta.
La experiencia de muchos vascos constitucionalistas
señala que cuanto mayor es la presencia
del Estado, con su legalidad y sus instituciones,
más amplio es el ejercicio de la libertad.
Y, por ello, es comprensible que, como señala
la última encuesta del Euskobarómetro,
al plantearse la hipótesis de la independencia,
más de un tercio de los vascos piensen
seriamente en abandonar la región. La
disolución de la unidad de España
tal como se propugna por los defensores del
Estado plurinacional, será en este caso
la puerta abierta a un inquietante proceso
de limpieza ideológica de la población
vasca.
Otros aspectos también relevantes de
la regulación constitucional se han
mostrado problemáticos con el discurrir
del tiempo. Entre ellos, se pueden mencionar
la cuestión de la discriminación
de la mujer en la sucesión a la Corona;
el encaje de España en la Unión
Europea -y, con relación a éste,
la participación autonómica en
los procesos de adopción de decisiones
que afectan al ejercicio de sus competencias-;
la insuficiente independencia institucional
del Consejo del Poder Judicial y el Tribunal
Constitucional -así como el atasco de
éste al haberse convertido, en virtud
de una inadecuada regulación del recurso
de amparo, en la última instancia judicial-;
la inacabada conversión del Senado en
una auténtica cámara de representación
territorial; la fragmentación autonómica
del sistema educativo -fuente, en parte, de
su fracaso en la transmisión del conocimiento
y del bajo nivel formativo medio que alcanzan
los escolares-; y la desvertebración
territorial asociada a las tensiones a las
que se ve sometido el ejercicio de las competencias
estatales en materia de infraestructuras hidráulicas,
de transporte y de comunicaciones.
En definitiva, después de casi tres
décadas de vigencia, la Constitución
ha entrado en una crisis que puede derivar
en una transformación radical y no consensuada
del sistema político. Se plantea entonces
la necesidad de restablecer los fundamentos
de éste apelando a los elementos esenciales
del pacto que logró establecerse con
la desaparición del régimen franquista.
Y, para ello, resulta ineludible una reforma
constitucional orientada a consolidar el modelo
de 1978 y a cerrar las vías que han
conducido a socavarlo. Esa reforma constitucional
deberá entonces consolidar el Estado
autonómico como un Estado nacional unitario
y políticamente descentralizado, redefiniendo
y cerrando definitivamente la distribución
de competencias entre las distintas Administraciones,
suprimiendo la provisionalidad del estatus
de Navarra y convirtiendo el Senado en el órgano
de participación de las Comunidades
Autónomas en las tareas legislativas
del Estado. Asimismo, el sistema electoral
debe modificarse para garantizar la atención
al interés general del país en
la formación de mayorías parlamentarias
dentro del Congreso de los Diputados. Ha de
reforzarse también la independencia
del Consejo General del Poder Judicial y del
Tribunal Constitucional con respecto a los
poderes ejecutivo y legislativo. La competencia
sobre el recurso de amparo constitucional debe
atribuirse al Tribunal Supremo con objeto de
dotar de una mejor funcionalidad al Tribunal
Constitucional.
Se
debe hacer una referencia, además, a
la inserción de España en la
Unión Europea y abordarse la solución
institucional a la participación de
las Comunidades Autónomas en la adopción
de los acuerdos y decisiones europeos cuando
afecten a sus competencias.La reforma debe
afrontar, igualmente, el problema del empleo
de la lengua española en todo el territorio
nacional, garantizando el uso del español
en las relaciones de los ciudadanos con los
poderes públicos y en el sistema educativo,
sin que ello obste para que las demás
lenguas tengan el mismo tratamiento en los
territorios en los que se hablen. Y, finalmente,
ha de aprovecharse la tarea para consolidar
la institución monárquica suprimiendo
la preferencia del varón en la línea
sucesoria de la Corona.
Abordar
una reforma de esta envergadura requerirá
el trabajo ímprobo de la construcción
de un consenso hoy inexistente entre los dos
principales partidos políticos, el PSOE
y el PP, en respuesta a las que son demandas
crecientes entre los ciudadanos. Para ello,
los dirigentes de esos partidos cuentan con
el ejemplo de los que, en 1978, les precedieron.
Son ellos los que, como dijo una vez Jean Cocteau,
«sin saber que era imposible, fueron
y lo hicieron».
[Quiero
opinar]
|