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De
Verdad nš 18 - 2007
Por
Jon Arza
Golpe
en la nuca:
Imaz renuncia a la Presidencia del PNV
La
batalla entre las dos “almas” del
PNV, la autonomista y la soberanista, la democrática
y la nazi-fascista, que se había desatado
a cara descubierta en los últimos meses,
se ha cobrado ya su primera víctima
propiciatoria. Josu Jon Imaz, el hombre que
conquistó la dirección del PNV
frente al cachorro de Arzallus (Joseba Egibar);
el líder nacionalista que aspiraba a
enterrar el proyecto soberanista de Ibarretxe
y pretendía comprometer –quizá
por primera vez– al PNV en una batalla
por la deslegitimación social de ETA,
tiraba la toalla el pasado día 12, renunciando
a presentarse a la reelección.
Dos
días antes, la Ejecutiva del partido
había aprobado una ponencia política
que, aunque formalmente fue respaldada unánimemente
por los dos sectores, en realidad representaba
en lo esencial la línea defendida por
Egibar e Ibarretxe: horizonte soberanista,
pacto entre nacionalistas y convocatoria de
un referéndum, haya o no consenso en
Euskadi y haya o no acuerdo con el gobierno
central. Un golpe en el corazón mismo
de las tesis defendidas por Imaz.
De hecho, tras el fracaso de la negociación
con ETA (de la que muchos han culpado, entre
otros, al propio Imaz), la línea nazi-fascista
venía acumulando fuerzas en el partido
y en las instituciones y tensando la cuerda
para hacer fracasar la “salida”
a la situación propugnada por Imaz.
Esta salida implicaba, entre otras cosas:
- Aplazar el soberanismo.
- Abandonar el plan Ibarretxe y su consulta.
- Sustituir el tripártito por un gobierno
“transversal” con los socialistas
vascos.
- Buscar un entendimiento en Madrid con el
PSOE.
- Y comprometerse en un combate más
radical no sólo contra ETA sino contra
“el mundo de ETA”.
En definitiva, un plan que debía permitir
al PNV conservar el poder, pero “democratizando
el régimen” y arrinconando –que
no eliminando– a los sectores nazifascistas.
Pero la correlación de fuerzas en el
seno del partido no ha permitido, previsiblemente,
un cambio de línea tan radical. Y ello
ha permitido a los nazi-fascistas asestarle
un verdadero “golpe en la nuca”
a Imaz que le ha obligado a abandonar.
Aunque aún es prematuro saber cómo
se desarrolllarán a partir de ahora
las cosas en un partido tan jesuítico
como el PNV, la posibilidad de que la eliminación
de Imaz abra la puerta de nuevo a un retorno
al poder de la línea nazi-fascista,
un retorno a los tiempos de “Haníbal
el Caníbal”, una vuelta a la época
de Arzallus –como han alertado inmediatamente
algunos líderes de la rebelión
democrática: Rosa Díez, Fernando
Savater, Fernando Buesa– es ahora mucho
mayor. Y con ella, el retorno a los peores
tiempos del régimen de terror no hay
que desecharlo.
La salida de Imaz, por otra parte, ha caído
como una bomba no sólo en Euskadi sino
también en Madrid. Zapatero se ha declarado
“perplejo” ante la pérdida
de un aliado clave, que apoyaba al PSOE en
Madrid y auguraba una solución negociada
en Euskadi. Cuando pase de la perplejidad a
la reflexión, el presidente no haría
mal en pensar cómo su política
de “aprendiz de brujo” durante
la negociación con ETA y la forma en
que, en años pasados, ha suscitado y
promovido ilusiones y esperanzas entre los
nacionalistas de todo pelaje, ha contribuido
decisivamente a que se fortalezcan las tesis
soberanistas tanto en Euskadi como en Cataluña
y Galicia. En gran medida, Zapatero ha tejido
la soga con la que ahora, los Ibarretxe, Egibar
y Arzallus, han colgado a uno de sus mejores
y más necesarios aliado.
También la caída de Imaz debería
hacer reflexionar a los socialistas vascos
y servirles para rectificar, adoptando, de
ahora en adelante, una línea mucho más
firme en defensa de la libertad en Euskadi.
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